Los más fuertes protegen a los demás
Quince años y el primer tatami
Tenía quince años cuando tomé mi primera clase en la escuela buscando fuerza y aprender a golpear, sin saber que esa primera clase empezaría con un regaño por llegar tarde — el resultado de una confusión sobre dónde sería. Lo que no sabía era que mi mejor amigo había cometido exactamente el mismo error. Llegamos juntos, tarde y perdidos, y desde ahí fuimos inseparables. Una de esas coincidencias que solo puedes ver en retrospectiva como algo que tenía que pasar.
En esa primera clase me puse en guardia con los codos arriba y las manos cerca del rostro, convencido de que en cualquier momento nos lanzarían a pelear. Mi sorpresa fue que el yoi — la posición de preparado — es con las manos abajo, en reposo. Lo primero que aprendimos no fue a defenderse sino desde dónde sale el golpe: el tsuki. Nace desde la cadera, tiene una trayectoria precisa, y justo antes de impactar da un giro para concentrar la fuerza en los dos nudillos del dedo índice y medio. Cada cierta cantidad de golpes hacíamos algo llamado kiai — que a simple vista parece un grito, y en cierta forma lo es, pero viene de otro lugar.
Los primeros pasos
Las primeras técnicas que aprendes no son las más espectaculares, pero son la base de todo lo que viene después. Empiezas con las defensas: el age uke, un bloqueo ascendente donde el antebrazo sube para desviar un ataque a la cabeza; el soto ude uke, donde el antebrazo barre de afuera hacia adentro para proteger el torso; y el gedan barai, un barrido descendente que redirige los ataques bajos hacia el costado. Tres movimientos, tres ángulos distintos del cuerpo aprendiendo a responder.
Luego los golpes. El tsuki es el puñetazo básico, con rotación de cadera y giro de muñeca al impactar. El gyaku tsuki es el golpe inverso — viene de la mano trasera y lleva el peso del cuerpo completo. El choku zuki es más directo, sin la rotación de cadera, más corto y preciso. Y el mae geri: la patada frontal, que sube la rodilla primero, extiende la pierna, e impacta con el koshi — la base de los dedos del pie.
Lo que nadie te dice antes de empezar es lo que hacen las posiciones. El zenkutsu dachi, la postura frontal larga con el peso adelante; el kokutsu dachi, con el peso cargado en la pierna trasera; y el kiba dachi, la postura del jinete — piernas abiertas, rodillas hacia afuera, espalda recta, tan abajo como puedas llegar. Puedes hacer ejercicio regularmente, puedes practicar otro deporte, y aun así ninguno de esos músculos ha sido pedido de esa manera. Al día siguiente te recuerdan que existen.
Mi primer examen
Seis meses de entrenamiento, un cuerpo delgado y sin mucha fuerza ni resistencia — enclenque, si queremos ser honestos. Pero esos seis meses lo habían puesto a prueba de formas que ningún otro ejercicio había hecho: las posiciones bajas que quemaban, los golpes repetidos hasta que el brazo no quería más, la resistencia que se construye clase a clase casi sin que te des cuenta. Y llegó el día del examen. Blanca a pre-amarilla. No era el cinturón más impresionante del mundo, pero para mí era todo. Temblaba.
El formato del examen era kihon: el instructor da una instrucción — "golpe a la cara, avanzando tres veces, kiai en el último" — y ejecutas. Sin improvisación, sin excusas. Las técnicas que habíamos practicado cientos de veces con los compañeros, los mismos ejercicios de ataque y defensa por tiempos. En ese momento el cuerpo hace lo que sabe o no lo hace.
Y entonces llegamos a la kata. Taikyoku Shodan — la primera kata, la más básica, la que habíamos repetido hasta el cansancio. En algún punto del recorrido me equivoco. Me pongo nervioso, pierdo el ritmo un momento. Pero no el ímpetu. Termino.
Me senté en mi lugar y en mi mente empezó el ruido. Seguro arruiné el examen. Seguro reprobé. Seguro fallé. Una cascada de "no puedes", "te equivocaste", "no fue suficiente". El cuerpo ya había terminado, pero la cabeza seguía peleando — y era el peor adversario que había enfrentado hasta ese momento.
Vi al resto de mis compañeros realizar su examen. Pasaban la lista. En cualquier momento iban a decir mi nombre y que debía repetirlo. Y entonces lo dijeron. Ese segundo donde se detiene todo — el aire, el tiempo, los pensamientos — y escuché: promoción. Había pasado con la nota alta. No solo aprobado: promovido, lo que significaba que tenía permitido presentarme en menos tiempo para ir por la siguiente cinta, la amarilla.
El gran avance, y un golpe de realidad en el rostro
En los meses siguientes pasé por las cintas amarilla, naranja y verde. El entrenamiento pasó a ser buscar todas las clases en las que me dejaran entrar: llegar temprano, quedarme un rato más, salir corriendo de una actividad para alcanzar aunque sea quince minutos de práctica, y entrenar en casa cuando podía. No era fácil — pero la mente te puede jugar trucos cuando avanzas rápido. Empiezas a creer que eres bueno. Y entonces llega un subidón de confianza, de seguridad, y empiezas a moverte distinto, a hablar distinto, rozando lo contrario a la humildad que el karate intenta inculcarte.
Recuerdo ese día con claridad, más de una década después. Un compañero de menor cinta hizo un comentario: que las cintas no valían tanto, que no había tanta diferencia si alguien sabía dar un buen golpe. Y hasta cierto punto tiene razón — y no. Ambas afirmaciones son contradictorias, lo sé, pero hay que explicarlo.
Un buen golpe en cualquier momento puede mandarte al hospital: si te dan en una zona delicada, si ese golpe te empuja, caes y te golpeas la nuca. Hay que ser consciente de eso. Pero el karate no se trata de dar un buen golpe ni de saber pelear — eso es la consecuencia de entrenar, de formarte, de la disciplina. La diferencia entre el golpe de una cinta blanca y una amarilla, tres cintas de recorrido, probablemente no difiera mucho, salvo que la persona tenga una fuerza excepcional. Un principiante tiende a tener torpeza, desconexión del cuerpo, detalles que el entrenamiento va limando. Entonces la afirmación de que "no hay tanta diferencia entre cintas y dar un buen golpe" es cierta en parte. Pero ¿dónde quedan los principios? ¿La disciplina? ¿El cuidado que debes tener con los golpes fuertes? ¿El respeto hacia tus senpais y hacia tus kohais? Ahí es donde esas afirmaciones se caen.
Y lo siguiente fue el remate. Le dije: hagamos un sparring, tú que sabes golpear y yo que soy más avanzado. Empezamos. Él era bueno esquivando. Y en un momento sentí la nariz entumecida y los ojos queriendo lagrimear. Me había dado un buen golpe. En ese instante, todo lo que acababa de explicar perdió sentido para mí. Alguien de menor rango me había ganado en un combate. No era un duelo a muerte, era sparring — pero tenía peso. Y eso lo sentí en la mentalidad, no solo en la nariz.
Ahí aprendí algo. En teoría yo era más avanzado — y lo era — pero había aspectos en los que todavía no era hábil. Tenía que entrenar más. Eso me quedó claro. Porque esa no fue la única vez: en distintas situaciones terminé recibiendo más de un golpe en la cara. No por subestimar a quien tenía enfrente, sino por no esperar esos golpes. Hay una diferencia importante entre las dos cosas.
La obsesión vence al talento
Una gran parte de mi recorrido en el arte marcial estuvo marcada por el tiempo que le dediqué — desde el inicio hasta el pico de entrenamiento. Yo no era hábil, ni fuerte, ni especialmente resistente. Muchos ejercicios, movimientos de coordinación y técnicas como el mawashi geri — la patada circular — eran difíciles para mí. Me caía, me tropezaba, y las cosas se iban volviendo un poco más ligeras con el tiempo. Pero llegó un punto donde mi resistencia, mi velocidad y mi capacidad para pelear no eran suficientes. En combates donde supuestamente debía tener más presencia, no la tenía.
Ahí fue cuando mi mente encontró una sola respuesta: entrenar sin descansar hasta lograr una cosa — volverme lo suficientemente rápido, ágil y fuerte para poder enfrentar los combates, y algún día defender a alguien que lo necesitara. Empecé a entrenar de día y de noche. El objetivo era tomar la mayor cantidad de clases posibles, reforzar en casa, y los fines de semana se convirtieron en sesiones espartanas de cuatro horas y media sin descanso — regresar a casa, y continuar.
El karate no te da volumen, pero le da forma a los músculos de una manera difícil de explicar hasta que lo ves. Los brazos se tornaron. Las piernas se veían distintas. Algo en el cuerpo entero cambiaba de manera sutil pero visible. Mi tiempo libre dejó de existir como tal — se lo dediqué al entrenamiento, porque se había convertido en una pasión inmensa. No era obligación. Era lo único que quería hacer.
En el proceso siempre llegan los comentarios. Eso no sirve para nada. ¿Para qué entrenar tanto? Burlas de quienes desde afuera no entienden el propósito de un arte marcial. Gente con más recorrido queriendo hacer menos tu progreso, como si las horas dedicadas se pudieran comprar o ignorar. O lo más clásico: tanto entrenamiento para que al final te gane cualquiera.
Todo eso se volvía combustible. No para probarle nada a nadie — sino para probarme a mí mismo. Ya había pasado las pruebas del inicio. Ahora venía la más importante: ¿hasta dónde me podía empujar? ¿Cuál era el límite?
El regreso y el destello
Hubo una pausa de meses — no recuerdo exactamente cuánto tiempo. El caso es que un día tocaba una clase diferente, y cuando llegué estaban eligiendo parejas para un 2 vs 2. El sensei volteó y eligió a dos cintas más avanzadas, a un cinta naranja y a mí — cinta marrón, tercer kyu. Como el protagonista que desapareció a entrenar en las montañas y volvió.
El combate era controlado: marcar el golpe con intención, sin herir al compañero. En la primera ronda salí rápido hacia mi oponente y le marqué un golpe, pero en el intercambio él se movió hacia atrás y perdí de vista al otro. Ese aprovechó y me marcó por la espalda. Habíamos perdido, mi compañero también.
En la segunda ronda tomé la iniciativa — ataqué y me eché para atrás. Cuando uno de los oponentes fue por mi compañero lo intercepté y le marqué en el abdomen. Cuando el otro se acercaba lo defendí y le marqué también.
En la tercera ronda el oponente que había ido por mi compañero cambió de dirección para que me atacaran entre los dos. Y ahí el cuerpo reaccionó. Me defendí, mi puño se dirigía al rostro de uno mientras mi pierna se elevaba para marcar la cara del otro — de portada, diría yo. Y por primera vez sentí ese chispazo: el cuerpo reacciona, la mente se calma. Casi automático. Dejas de pensar. Aunque eso es un nivel muy alto, aquella vez fue un destello — y con eso bastó.
Con el tiempo me volví un referente. Un senpai. Alguien a quien los nuevos podían mirar y decir que el rango lo había ganado — no porque me lo regalaran, sino porque estaba escrito en las horas.
Kuro Obi
Kuro Obi — del japonés, cinta negra. Muchas veces confundida como el final del camino en las artes marciales, o como el único objetivo válido cuando alguien empieza. Y aunque llegar de cinta blanca a negra son varios años en los que muchos desisten, retoman o nunca vuelven, la realidad es que la cinta negra no es el destino — es el inicio del verdadero karate.
Es el punto donde las bases están consolidadas y el refinamiento de esas técnicas aprendidas durante los primeros años puede por fin comenzar en serio. Todo lo anterior fue construir el vocabulario. La cinta negra es cuando empiezas a hablar el idioma.
El último escalón de color
Haber llegado hasta la cinta marrón primer grado había sido duro. Se pasa por muchos pensamientos, cansancio y un fortalecimiento que no siempre se ve desde afuera. Era el último escalón en términos de color — lo que venía después no tenía otro nombre que Kuro Obi.
La preparación había iniciado desde mucho antes, pero hubo obstáculos en el camino. Dos meses antes del examen, dos senseis me empujaron más allá de los límites que yo creía tener. Repetir una kata hasta lograr algo concreto — no una repetición más, sino un cambio visible. Entrenar varias clases seguidas. Y cambiar el enfoque: dejar de retroceder para defender y empezar a pensar en movimientos distintos para atacar. Esa línea donde una defensa se convierte en ataque y un ataque es en realidad una defensa.
Es obvio que uno se quiebra en el camino. Dudas. Porque una cosa es empujarse y no alcanzar el límite, y otra es llegar a un límite que parece no romperse — un muro, una pared que no cede. Pero con la ayuda de esos dos senseis llegué al examen.
El examen consistía en básicos — pero con un ojo mucho más exigente que en cualquier otro examen anterior. Ya no se trataba de un movimiento coordinado y memorizado. Se evaluaba el movimiento consciente: qué músculo coordina qué, cómo manda la cadera para impulsar un golpe hacia adelante o ejecutar una defensa hacia atrás. La mecánica visible, no solo el resultado.
Una kata avanzada con ritmo, respiración y kime — ese instante de contracción y enfoque total en el momento del impacto — evaluada con atención al detalle. Y un combate donde me plantaron a alguien que, en el momento en que me descuidara, me volaría la cabeza. El control era esencial. Logré atajar sus golpes descontrolados con una defensa impecable, y los míos llegaron certeros y con control.
Cuando dieron los resultados pude recordar brevemente aquel primer examen, años atrás, sentado en mi lugar pensando solo en que había fallado, en que no pude. Esta vez estaba nervioso — pero feliz con lo que había hecho en el tatami. Claro que quería aprobar. Pero ya me había probado a mí mismo, y eso era algo que nadie me podía quitar.
Escuché mi nombre. Me puse de pie. Y dijeron: Shodan.
La pelea que se evita es la que se gana
El karate te brinda múltiples herramientas que a primera instancia parecen ser solo físicas: resistencia, fuerza, velocidad, técnicas, golpes, derribos, patadas. Pero hay cosas igual de importantes — la disciplina, el autocontrol, la claridad — y el arte de no pelear es, irónicamente, la pelea que se gana.
Hoy en día uno puede tener un conflicto con alguien que no conoce. Las cosas escalan rápido y pueden derivar en golpes, y nunca sabes qué pasa en la mente del otro — si tiene una navaja, un arma, o simplemente nada que perder. La mayoría de los conflictos siempre se van a resolver con palabras. Sin embargo, hay ocasiones en la vida donde inevitablemente tendrás que usar las manos para defenderte — o, más importante, para defender a alguien más.
Recuerdo una vez que tres sujetos me querían interceptar. Me percaté a tiempo y en vez de enfrentarlos hice la jugada más inteligente: correr. Salirme de esa situación. Hubo otra ocasión donde alguien me quiso dar un golpe en la cabeza — por pura reacción lo defendí y mi puño asentó un golpe ligero en las costillas. Suficiente para transmitir el mensaje de que me podía defender. No ocurrió nada más. Y en otra situación, en un lugar que se quedó sin luz, un sujeto se acercó muy rápido. Mi reacción de ponerme en guardia lo echó para atrás completamente.
Los más fuertes protegen a los demás
Protegerse a uno mismo, la integridad propia y el instinto de supervivencia pueden llevarte a descargar adrenalina en situaciones cruciales. Eso es casi automático — el cuerpo lo hace. Pero el propósito del arte marcial siempre es la defensa. No el ataque, no la demostración: la defensa.
Tener en tus manos la decisión para evitar que alguien salga lastimado. El poder mediar una situación antes de que se convierta en un conflicto. Y en su última instancia — cuando ya no hay palabras ni salidas — usar las manos y volverte el muro que protege a los demás.
Esto es lo que no ponen en la pared de la mayoría de los dojos, pero es la verdad detrás de todo: los fuertes se protegen a sí mismos. Ese es el punto de partida. Pero los más fuertes protegen a otras personas. No es una metáfora. El punto de construir esta capacidad — física, mental, la disciplina de años — es ser útil para alguien que lo necesite. Ponerse entre alguien vulnerable y algo que quiere hacerle daño. Hacer el mundo un poco más seguro con tu presencia en él.
Llevo esa idea desde los quince años, y con el tiempo solo se ha hecho más verdadera. La fuerza sin propósito es solo peso. Pero la fuerza al servicio de los demás — hacia ahí me apuntó el karate, incluso cuando todavía no tenía palabras para decirlo.